Jamás me he sentido más cerca del infarto de lo que he estado hoy: “un día duro en la oficina”. Es la sociedad la que está sufriendo, más que un infarto agudo, una Isquemia Miocárdica Crónica acumulando tejido muerto que bombea peor al torrente sanguíneo.
Y yo juego un rol en eso: en mi trabajo, diciendo que no cuando se sobrepasan los límites o, la mayoría de las veces, tratando de reflotar órganos y “almas” heridas.
Pero hay que consumir, hay que obtener, hay que variar. Se nos olvidó el disfrutar, vivir y perseverar.
De este modo, es más importante tener la resonancia que saber qué decidirías según qué resultado o, ampliamente, es más importante hacer cosas que tener un fín en mente u obtener una enseñanza de ellas.
Enfermo de esta particular Gripe A, gasto mi vida en una superficial mejora. Un idioma, deportes o, más ambicioso, un Budo. Recurro también en mis textos al Aikido que, no sé si en origen, en la práctica habitual no deja de ser otro potenciador de ego.
Sabiendo que querría pasar por la vida sin hacer ruido, sin hacer daño y dando amor es como si en vez de rendir armas contra ella hubiera decidido que puedo ganar. Supongo que una mezcla del ideal narcisista,
Es bueno que me dé cuenta de que mi posición es exactamente la contraria de la que aconsejaba Baltasar Gracián en Arte de Prudencia: “un tipo de sabiduría, eminentemente práctica (la phronesis platónica) que se acomoda sin fisuras con una moral de circunstancias”. Diría más, yo saco pecho alejándome del ideal del morosofo, del Sancho Panza sabio, práctico y que evita parecer cualquiera de las dos cosas. Decía Maquiavelo: “..es necesario a un príncipe, si se quiere mantener, que aprenda a poder ser no bueno y a usar o no usar de esta capacidad en función de la necesidad…”
Peleado conmigo y con el mundo me hallo en la frontera de esta visión estoica, de las epístolas de Séneca o del gran Camus y el hedonismo libertario de Onfray que me salva y me permite vivir realmente, sentir, llorar. Esas lágrimas que me dan la vida pero a las que rara vez recurro.
Busco un sentido a mi vida pero ¿ha de tenerlo?. Decía Kierkegaard “Si todo se rige por el azar ¿por qué levantarse cada mañana?, pero lo que a él le parecía un argumento de fé “Creo quia absurdum” a mí me parece la raíz del ridículo.
Dice el Tao Te Ching, sin presunciones: La grandeza viene del conocimiento de la humildad, del vacío, de la receptividad y de la disponibilidad al servicio. Para cada impaciente bocinero añadamos un buen Koan: La corriente rápida no arrastra a la luna.
No tengo duda de cómo terminaría Séneca: “Conservate bueno”
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