sábado, 21 de febrero de 2009
Y pensaba yo...
Cada día soy otro pero soy el mismo: ha habido varios factores decisivos. Por un lado un cierto asentamiento afectivo ya que parece ser que, estabilidad y tiempo mediante, me he dado cuenta de que pieza del puzzle ocupa cada persona en mi vida, de quienes son mis amigos, quienes son extraños cordiales y quienes simplemente me acompañan porque así nos tocó en gracia. De ese mismo corte: “mi distancia terapéutica” en diferentes contextos (asuntos familiares, trabajo, discusiones intrascendentes de taberna..). Sana sordera a veces y (para mí nueva) empatía muchas, probablemente fruto de tanta calamidad, drama y variedad de personalidades que veo cada día. Lo que me lleva a otro lado: no existe una forma de ser objetivo, no existe la meta que a cada niño trazan sus padres o él mismo dibuja (concordante o no) para su futuro. Por muchas razones, primero porque ni los imperfectos padres ni el imperfecto e inmaduro niño son capaces de definirla y segundo porque esta no sólo es variable de una concepción a otra sino que no existe. Sea desdibujada por varias razones, indefinida o inexistente, el hecho es que no creo que a nadie acaben concordándole proyecto y resultado. Se me dibuja una sonrisa de orgullo ególatra cuando me atrevo a dar consejo conductual o terapéutico y recibo oidos atentos o miradas agradecidas y quizás me aparto de la humildad que busco. Es difícil, crecidos para competir como hemos sido. Si cuando caes te levantas apretando los dientes o si cuando deseas hacer una cosa haces otra y obtienes un objetivo a largo plazo te enorgulleces. Alguien dijo que lo que define el carácter diferencial de la inteligencia humana es la lucha por fines no primarios. Esa lucha sólo es bien digerida cuando tu aparato digestivo es maduro y no mientras se forma. Además, no olvidemos que cuando uno busca esas metas secundarias lo hace por un bien absolutamente primario pero mantenido a largo plazo: resalte social, trascendencer: dejar huella (riqueza, poder, valentía, hombría) y si no va en su busca es por satisfacerlo de forma inmediata (endorfinas como sexo, endorfinas como saciedad, endorfinas como amor). Nacer, nacemos para vivir, todo lo demás debe moldearlo cada uno. Y competir es un medio animal (con garras por la caza, con tesón por la caza). El hecho verdaderamente diferencial sería la no lucha, el no sexo, el no dinero.. todo lo demás es considerar humano lo “antropomórfico”. Es como creer que el romanticismo es algo distinto que una tecnificación de los ritos de apareamiento animal.Quien se mira acaba viendo que tiene que moldearse con herramientas creadas para ser otra persona. En todo caso el que llega a ser consciente de esto tendrá la oportunidad -quizás ilusiva- de saber que cosas quiere cambiar y luchar por ello. En cualquier caso, saber que no existe una meta amplía horizontes y minimiza la frustración.La dejo aparcada para la coordinación del Ki en la que cada día soy más consciente de lo pírrico, discutible y circunstancial de mi saber. Con todo, el fín moldeable y la frustración delimitada me ayudan a seguir.Completando el Arché pitagórico, el tercer lado del triángulo: ¿qué es lo que importa?. ¿qué importa más que seguir?.Entre los escritos copiados y matizados que he reunido hay varias reflexiones sobre la vida (o vacío) más allá y la importancia del más acá. De nuevo, la experiencia de variadas situaciones laborales de potente carga afectiva (humana diría alguno) me ha aportado una distancia práctica para la vida y consulta. Desde luego influyeron “sólo el cambio perdura” de Heráclito (Annica budista), el pesimismo o la aceptación del dolor vital de Schopenhauer y Hobbes (Dukkha, budista) o la negación del ser del empirismo Humeyano (Anattan de Gautama) o la visión taoísta del estanque espejo en calma, receptáculo yin del alboroto vital.Pero creo que están siendo determinantes sobre todo la visión Socrática de que sólo la vida examinada merece ser vivida y la Eudemonista de apuntar al bienestar como fín último del incendario OnfrayAl final, por mucho que uno salte al misticismo la gravedad de su simple animalidad le llevará a caer. A veces sobre un mullido colchón (comer, dormir…) otras sobre piedras (dolor, enfermedad..). Cuándo buscar el raro noumenon o el ding an sich y cuando, las más, quedarme con el peso de mi cuerpo que late doquiera se escape mi mundo interior. Reduzcámonos a la mínima expresión. Llegarán otros principios rectores.
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